
miércoles, 5 de enero de 2011
Santuario

jueves, 2 de diciembre de 2010
Bondad
miércoles, 5 de mayo de 2010
Síndrome del astrólogo antiguo que entró en un vórtex temporal y viajó al futuro
lunes, 7 de diciembre de 2009
La aventura del viaje
El viaje a pie de regreso fue algo tedioso y el calor hacía que la pintura no del todo seca se pegue en mis manos y ropa. Cuando llegué a la puerta de mi edificio me sonó el celular, uno de mis jefes me anunciaba mi horario de entrada de ese día. Tenía tiempo para llegar temprano, pero eso hubiera sido demasiado drástico para mi, la ida contra la rutina debía ser más sutil (además no es fácil dejar de ser un pelotudo de la noche a la mañana), así que como es de esperarse... salí tarde y llegué aún más tarde.
A diferencia de cualquier otro día donde no hubiera importando mucho mi retraso (mejor dicho, donde no importa mucho mi retraso), ese día debía llegar a tiempo para recibir un envío de comida para una ceremonia del día siguiente. No recibirlo complicaba bastante las cosas ya que empezaba Shabbat y no solo los negocios kosher cierran sino que los religiosos no pueden usar teléfonos. Me tomé un taxi y en el viaje me encontré dialogando una vez más conmigo. Estoy acostumbrado a dialogar conmigo en esas situaciones, pero el tiempo pasa y uno se aburre del típico verso de "es la última vez", más aún cuando ha comprobado que no será así. No me prometía mentiras, me interesaba más saber cómo terminaría, era emocionantemente (y un poco sádicamente) intrigante. Llegué solo 5 minutos después de la hora en la que se suponía que el delivery-boy vendría, pero 35 tarde de mi hora de entrada. Esperé 10 o 15 minutos más y llamé a mi jefe. Le avisé que no había llegado aún el envío y mentí diciendo que llegué, si bien tarde, 5 minutos antes de la hora estipulada para la llegada del paquete. Me amenazó de muerte en caso de que hubiera llegado y yo no lo hubiera recibido y me dijo que espere que iba a tratar de averiguar si esto había sido así antes de que toda la colectividad se quedara incomunicada telefónicamente. Esperé.
Sentía cómo se había acelerado mi ritmo cardíaco y me sorprendía la sensación de no tener ni puta idea de cómo podría terminar ese episodio. Si bien no soy vidente ni nada, estudiar astrología lo acostumbra a uno a esperar menos sorpresas además de que siempre estuve muy satisfecho de mi intuición, pero en esta ocasión... era la incertidumbre misma. Sonó el teléfono y atendí totalmente entregado al Destino. Mi jefe me informó que todavía no había llegado puesto que se le había pinchado una goma de la moto y que estaría llegando en un rato, que lo espere y que la próxima no sea boludo de arriesgarme al pedo. Cuando corté... me sentía extraño. Me sentía afortunado pero sin entender por qué. No digo que no me sentía merecedor de esa suerte porque no soy quién para cuestionar al Destino, pero saberme afortunado era un privilegio con el que no hubiera contado en otra época de mi vida, y caía en la cuenta de cómo año tras año me volvía más consciente de esto. Me invadieron unas ganas incontenibles de comunicarlo, tenía que exteriorizarlo para distender la tensión recientemente generada. Mandé dos SMS's a mis presentes y futuros compañeros de viaje, Nicolás y Patricio, que decían ambos "I'm one lucky motherfucker" (el inglés simplemente se debió a una dramatización más de película, nada personal), pero no era suficiente, me di cuenta que no tenía la necesidad de contárselo a otro más que a mi, por lo que agregué mi propio número a mi libreta de contactos y me lo mandé. Fue gracioso recibir un mensaje de texto de "Puni", además de que decía lo justo y necesario.
A todo esto le siguió una jornada laboral aburrida como tantas otras, que terminó en algún momento, por suerte, y volví a mi casa. En ella cené, me bañé y me dispuse a salir para lo de Juancho, amigo de amigos, desconocido para mi hasta ese momento. Camino a la parada del colectivo pasé por la puerta del edificio de Nicolás, que vive a una cuadra de mi casa, y mientras me preguntaba si tocarle el timbre, justo en ese momento, me llegó un mensaje de texto... La Sincronía se empezaba a sentir en el aire indicando que se avecinaba una gran noche. Éste era de él y me preguntaba dónde estaba, sin cuestionarme las peripecias del Destino le contesté que en la puerta de su edificio y me dijo que no me vaya, que ahí bajaba. Él había asistido al concierto de rock de la banda AC/DC y estaba fulminado, por lo que rechazó mi invitación a unírseme en mi cruzada. Charlamos unos minutos y seguí mi camino. El colectivo no venía y la idea de hacerla completa y entregarme al capitalismo por una noche crecía en mi. Delante mio dos hombres y una mujer intentaban parar taxis ocupados lo que me causaba gracia y hacía que me pregunte si no se daban cuenta que no tenían el cartelito de "libre" prendido o qué... Por fin apareció uno que sí lo estaba y paró, detrás se asomó otro y decidí copiarlos. Lo paré y me lo tomé. Durante el viaje se me ocurrió, ya que La Sincronía había empezado a funcionar (o mejor dicho, yo empezaba a ser más consciente de ella puesto que ella siempre funciona), que "la charla (en caso de que se diera una) con el tachero determinaría el resto de mi noche", no me parecía tan descabellado puesto que así empezaba la misma y los comienzos dicen mucho, si bien no todo. No sé cómo, pero empezó la charla, y el tipo parecía copado. No recuerdo de qué trivialidades empezamos a hablar pero en un momento me comentó, tal vez porque volvió a ocurrir, que hay un montón de gente que levanta la mano para pararte cuando estás ocupado, él que está de ese lado del volante es testigo. Me reí porque acababa de verlo antes de subir al vehículo. Se lo conté y le pregunté por códigos que pudieran existir entre tacheros. Me empezó a dar una breve y divertida lección la cual terminó con anécdotas del Viejo, un tachero de antaño conocido en el ambiente, que ataca con su rulero+globo a los taxis que le roban pasajeros disparándole bolitas de rulemanes a las luces traseras de esos autos.
Llegué a destino y nos saludamos satisfechos por un buen viaje. Mi humor era óptimo para la aventura por lo que me apresuré a llamar a la puerta. Me recibió La Goina, señor del día (ya que ese día era su conjunción Sol-Sol), me adentré en la guarida y me encontré con el Maestro Burbujero quien me convidó una de esas píldoras de Alicia sobre las que el Aeroplano de Jefferson ha cantado alguna vez y me supe, ahora sí traspasado el punto de no retorno, al comienzo de un viaje inolvidable.
No tardó mucho el mundo como lo conocemos en convertirse en una dimensión que prometía emoción aventurera y revelación filosófica por donde se la mirase, para quien quisiera aprovecharla. Pero el ambiente no me resultaba del todo propicio para esto, si bien estaba colmado de risas y gracia, también era bombardeado con música, charlas y demasiados estímulos estériles para mi gusto. En un rincón se gestaba La Masa (que es una entidad muy conocida por todos; si bien conformada por lo que alguna vez fueron individuos, es lo que queda al perderse esa individualidad). Esta Masa empezaba a hacer lo que toda Masa hace, buscar un motivo para bardear. El Maestro Burbujero los distrajo con anécdotas del lejano y salvaje Oeste hasta que yo propuse una huída disfrazada de búsqueda de proviciones. Me siguieron si dudarlo mis fieles compañeros psiconautas, La Goina, El Maestro Burbujero y El Sr. M. Una vez abajo en la selva de concreto llegamos a la proveeduría comercial y empezó el teatro. Tratando de no sucumbir ante La Vergüenza (misión casi imposible para mis compañeros más especializados en la psiconáutica pero todavía una debilidad para mi persona) intentamos apresurar el intercambio mientras yo me reía por dentro porque me daba cuenta claramente de que El Dueño entendía perfectamente que no estaba concretando transacciones con personas en su dimensión, lo cual tampoco hubiera de sorprenderme tanto puesto que un kiosquero nocturno es algo así como un Enlazador de Mundos (y de hecho este razonamiento me calmaba). Con nuestros bolsillos llenos y nuestras billeteras vacías volvimos al edificio terrible pero yo no estaba listo para volver ahí, así que propuse una pausa para empezar a consumir algunos de los brebajes y gomitas de azúcar que habíamos comprado.
martes, 27 de octubre de 2009
Encuentro casual con doble de escritor
domingo, 4 de octubre de 2009
Lifestyles
Ayer tenía ganas de escribir una cosa, pero no tenía una conclusión más elaborada que "Eso." (me había imaginado escribiendo eso al final de la entrada y todo), y como no terminaba de cerrarme entre eso y demás cuelgues, no lo hice y me fui a dormir temprano.
Soñé.
En mi sueño pasaba por un par de situaciones, no muy dramáticas, aunque en una de esas me tenía que operar de varicocele por 4ta vez según me decía un médico, pero creo que al final me terminaba yendo del sector hospital (digo sector porque vieron que el escenario en un sueño se va transformando, entonces no hay un hospital entero sino un sector hospital, como un sector Shopping, un sector calles, un sector micocina, todo dentro del mismo escenario onírico) porque me daba cuenta que... era un sueño, y en la realidad no me tengo que operar; hace poco me hice un chequeo y salió todo bien por suerte.
Sea como sea, era una pequeña aventura, un viajecito. Y venía necesitando viajar un poco se ve. Terminaba en mi cocina con Madre y Hermano, quien se preparaba para iniciar otro viaje por el mundo, empezando por Europa. Le preguntaba en qué país empezaría su travesía y me contestaba Itialia. Y justo cuando estaba por salir de la cocina me invadía una sensación que me hacía llorar, no la podía contener por lo que me dejaba caer medio arrodillado, medio sentado, en el suelo, junto a la puerta, y mis ojos se inundaban. No me sentía mal, por el contrario. Familia me preguntaba qué me pasaba y yo les decía que me había imaginado yendo a Italia y sentándome en un restaurante de barrio a comer un plato de pastas, y me había emocionado. La simpleza del hecho y a la vez la posibilidad de viajar y conocer una tierra tan distante me habían emocionado al punto de quebrarme. Me desperté bastante sorprendido.
Noté la coherencia de mi sueño con lo que venía y vengo pensando últimamente. Y es que al trabajar en la calle, en Palermo, uno ve contrastes bastante extremos. Y no recuerdo si fue así siempre, pero sí soy consciente que desde hace un rato largo ya, me viene llamando mucho la atención la basta variedad de estilos de vida que tenemos los millones de humanos que somos, y me despierta ganas de recorrer el mundo para conocer los más que pueda.
Por ejemplo, he conocido personas en mi trabajo que suelen pasar el fin de semana (uno común, no uno largo) en Miami; personas que laburan más de 12 horas por día, todos los días, para mantenerse; y anteayer, al cartonero que suele pasar a la noche por la zona. Que al arribar la rica esquina (y es que suelen haber montañas de bolsas y cartones apilados ahí) se sentó en un escalón, aparentemente esperando algo. Me acerqué y charlamos un cacho. Me contó que hace tres viajes diarios, de entre 2 y 3 horas cada uno. También que está esperando para poder sacar la licencia de conductor de camiones, espera que el día de mañana pueda laburar de camionero y le vaya un poco mejor.
A todo esto podría sumarle que empecé a ver la serie de televisión Weeds, que recomiendo, y trata de una blanca que vive en una suerte de barrio privado y vende marihuana que le compra a unos negros de los suburbios, como para reforzar los contrastes, jajaja.
Y a mi me sigue “limando” mucho imaginar una vida donde puedo decidir ahora mismo tomarme un avión dentro de unas horas para ir a algún recóndito lugar de este planeta, y más me lima preguntarme si el que nació en una situación totalmente distante de esas posibilidades puede siquiera imaginarlo.
Entre tantas sensaciones de sorpresa y anhelo, me encuentro escribiendo esto, sin saber bien a qué pretendo llegar. Aunque sí sé que me encantaría llegar a tener un laburo el día de mañana que me permita recorrer el mundo, no hay dudas sobre esto.
Y mientras escribía me tomé una pausa para desayunar, con Madre que se levantó hace poco también, a quien le conté mi sueño y me dijo "tal vez te conmocionó el imaginar esa sencilla situación italiana porque en alguna vida pasada viviste ahí y solías disfrutar de esa rutina".
"No se me había ocurrido... Puede ser...", le contesté, mientras pensaba "creo que acabo de encontrar la conclusión para mi entrada del blog".
Eso.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Equinoccio y la psiquis humana
viernes, 18 de septiembre de 2009
El oficio de amigo
lunes, 31 de agosto de 2009
Sabiduría callejera y más palabras
lunes, 27 de julio de 2009
Hoy puede ser un gran día... y mañana también
Ya había ido a una entrevista por el mismo tipo de laburo pero en otro lugar, y resultó ser algo así como "pelo corto excluyente" (vendría a entrar en el rubro de la seguridad, por lo que es entendible, es un ambiente un tanto militar). Como no estaba dispuesto a cortármelo no esperé que me llamasen, si bien la entrevista siguió un cacho más tras confesar eso y terminó con la mejor onda. Y así fue, al menos de ese lugar.
Para mi sorpresa, me llamaron de otro, afín a este, y me ofrecieron otra entrevista. Yo no entendía bien qué onda puesto que por más que no fuese el mismo lugar físicamente las normas serían obviamente iguales. Pero bueno, tal vez no les habían comunicado a estos mi imagen y convicción Así que accedí, solo podía perder un poco tiempo y en una de esas ganaba algo.
Llegué, 20 minutos tarde, para variar. Había avisado por teléfono antes de salir para ahorrarme el autodesprecio que me genera llegar tarde siempre. Me encontré con un entrevistador que daba una imagen mucho más estricta que el del otro lugar. Lo cual me hizo no poder contestar tan tranquilo como pensé que contestaría si se suponía que no tenía nada que perder. Eventualmente se hizo presente la pregunta que no podía faltar, qué onda con mi pelo. Y para mi sorpresa, cuando tuve que volver a confesar lo mismo que ya había dicho la otra vez, titubeé, y no fui claro. Me tuvo que volver a preguntar si estaría dispuesto a cortármelo o no y me costó decir que no, no porque lo dudara, estoy seguro que no lo haría, pero porque me costaba enfrentarlo (o enfrentarME, ya explicaré a continuación).
Me dijo que sí, evidentemente para algo fijo es excluyente, pero que tal vez podría ofrecerme algo eventual, lo cual no me parecía mala idea, así que me hizo esperar un cacho mientras lo consultaba y volvió con la oferta de trabajar los Sábados. De aquí en más se sucedió una seguidilla de desilusiones, porque primero pensé que sería eventual y no, sería todos los Sábados. Luego pensé que sería a la mañana O a la tarde, y no, sería a la mañana Y a la tarde (en distintos lugares, por cierto xD Tendría que volver a mi casa, almorzar y al rato salir para otro lado). Y venía así, pisteando como un campeón por la autopista de la desilusión mientras crecían mis fieles compañeros de entrevistas laborales: Miedo y Culpa.
En mi cabeza obviaban y se burlaban el hecho de que no rechazaría la oferta porque no me animaría a tener que enfrentar la búsqueda, que siempre evadí, de un laburo que sí me guste (y es que encontrar algo que guste requiere mucho más esfuerzo que algo que no) y porque el hacerlo me haría sentir la conocida sensación de estar en deuda con Madre, de quien dependo económicamente para subsistir. La misma historia de siempre.
Salí así con un trabajo que no me termina de cerrar para nada, la inventada presión de no poder dejarlo y, honestamente, la sorpresa de haberme vuelto a ver en una situación así.
No me sentí bien durante el resto del día. Y para seguir variando mis hábitos, evadí un TP de Mitología que tengo que entregar mañana en el CABA con un poco de videojuegos y siesta.
Cuando me desperté fui a la cocina para disponerme a cenar. Le pregunté a mi madre, que se ocupaba de algunos quehaceres si lo había hecho o lo haría y me dijo que no, que lo haga yo si quería, ella había merendado hace poco y no tenía hambre. Recalenté unos fideos con tuco y cuando los saqué del microondas ella abandonó la cocina para continuar sus quehaceres en otra parte de la casa, había ido a colgar unas ropas al balcón o algo así. Me senté, la radio estaba prendida. Empecé a comer pero no estaba cómodo porque me había sentado en una silla que está medio encerrada entre la mesa y la mesada, así que me cambié de lugar. No sé si habrá sido la malaonda que venía arrastrando que me habrá puesto melancólico, pero por algún motivo me vino un recuerdo a la mente, de esos que uno nunca entiende por qué se le grabaron tanto: Yo me había sentado en ese mismo lugar para terminar mi cena, solo, hace más de una década. Claro que la mesa y la silla no eran las mismas pero la ubicación sí.
La situación tampoco, solo se asemejaba en que había terminado cenando solo por un rato. En aquella ocasión mi vieja y yo habíamos discutido por no recuerdo qué, pero mi memoria emocional me indica que sentí algo así como si me “subestimara mi sentir”, no sé si fue realmente así, pero en mi recuerdo pareciera ser que algo que par ami era grande o importante para ella no lo era, y tras referirse a ello como algo menor y poco importante, abandonó la cocina para ocuparse de no sé qué cosa, y yo lloré silenciosamente. No sé si porque me ofendiera, no lo recuerdo particularmente así, fue más el simple hecho de no poder con mi hipersensibilidad y tener que pasar a las lágrimas. También creo que pudo haber algo de estrategia en eso, y haber usado el agua como llamado de atención y pedido de abrazo. Y no me fue mal, cuando volvió y me vio lagrimeando me dio banana con dulce de leche, postre que me encanta.
Yo tengo todo un tema con mi infancia, no es algo que vaya a ampliar ahora, pero digamos que no puedo adentrarme mucho en mis primeros recuerdos cómodamente sin ser visitado por una mezcla de melancolía y pena. Sensación que me di cuenta, sentado esta vez en mi cocina, que no tenía interés de sentir en ese momento. Entonces me percaté de que en la radio sonaba esta canción (que no conocía. Gracias Google por ayudarme a encontrarla =P). Y… se me escapó una sonrisa. Antes de que pudiera darme cuenta me habían invadido unas inevitables ganas de sonreír, y si bien, como reacción primera, mi siempre presente Mente empezó a racionalizar como de costumbre ante una emoción que irrumpe tan imprevistamente, yo no pretendía ofrecerle ninguna resistencia a esta última ni dejar que mi Mente lo hiciera. Y cené sonriente.
jueves, 4 de junio de 2009
El día en el que mandé a la mierda a la UBA
Me encontraba en mi cuarto en aquella mañana de Jueves trabajando en mi entrega que debía ser presentada horas más tarde en el pabellón 3 de Ciudad Universitaria. La famosa FADU.
Era un día prometedor, el cielo estaba despejado, y yo empezaba lo que había sido planteado en clase hace tres semanas. Nada nuevo para mi, que ya había vivido muchas otras entregas de la misma forma, con apuradas, nervios y pocas horas de sueño en las últimas horas previas a las fechas decisivas. Lo que sí me resultaba nuevo era... que seguía en la misma modalidad en la que había estado toda la última semana: Pateador.
En mi experiencia, las entregas siempre se presentaban de la misma manera. Una consiga era dictada en clase con suficiente tiempo para que uno la resolviera cómodo. No me dedicaba a ella hasta días antes de la entrega, en los que empezaba a tirar algunas ideas, y tal vez hacía algo. Y el trabajo concreto empezaba el día anterior, se prolongaba toda la noche, y terminaba ya casi sobre la hora de clase, lo cual me hacía llegar tarde (considerando que salía de mi casa ya empezada la clase y teniendo una hora de viaje hasta Ciudad). Viajaba con todos los nervios del mundo por llegar y no encontrar a nadie. Y al final lo lograba, entregaba, y bajaba al patio central a comprarme un bien merecido alfajor que comía sentado, tranquilizándome, y prometiéndome que esa sería "la última vez que vivía esa angustia al pedo". Luego a los días me enteraba que había aprobado y olvidaba todo lo aprendido para repetir el mismo proceso en la próxima entrega de la misma o de otra materia.
Pero esta vez... esta vez fue diferente. Sabía que no era un laburo que pudiera hacer en una tarde, noche, y mañana. Por eso una semana antes sabía que tenía que empezar, que ya había perdido dos semanas pero igual llegaba... si empezaba en ese momento. No lo hice. Perdía mi tiempo, evadiendo mis tareas. En el fin de semana no salí, para poder hacer algo, que no hice. Desperdicié el finde como los días de la semana hasta que, como por obra de magia, era Miércoles a la noche. Empecé a hacer algo... de mala gana. A las pocas horas me dio algo de sueño, no mucho, un poco, pero era suficiente como para querer dormir. Ni siquiera me propuse combatirlo como las otras veces, en las que los nervios de no llegar me daban fuerzas para trasnochar. No tenía ganas y me dormí tres horas. A la mañana del Jueves me desperté y empecé a hacer lentamente unas cosas... Faltaban pocas horas y era todo el tiempo que tenía para resolver algo que sabía me llevaría más de un día para hacerlo como hubiera querido. Okay, soy muy perfeccionista, lo sé. Renunciando a esas autoexigencias podría haber sido resuelto en menos de un día, pero claramente ni eso tenía ya.
Era consciente de todo esto, y esperaba lógicamente las fuerzas salvadoras de último momento, las que me harían trabajar a toda máquina por lo que quedaba hasta tener que partir y me harían llegar apurado, angustiado y nervioso a aprobar. Pero no venían, y las horas pasaban...
Fue entonces que mi pieza fue atravesada por una luz nueva. Si bien mi espacio de trabajo estaba muy alumbrado ya, por la luminosidad natural que entraba por los ventanales y por, además, las lámparas del techo y del escritorio que estaban encendidas, entró una luz arrasadora, de magnitud incomparable a las ya presentes. Era luz directa del Sol. Se ve que este astro venía ascendiendo desde el horizonte por detrás de un edificio que está frente a mi balcón. Yo no me había dado cuenta, de hecho no me había dado cuenta que el cielo estaba despejado. Y es que tenía las cortinas cerradas y la luz que entraba era la misma que suele entrar en un día nublado. Pero no, no era el caso. El cielo estaba despejado y el Sol, en tanto superó esa construcción humana, empezó a calentar mi cuarto aún más de lo que ya estaba (y es que hace poco me había comprado uno de esos paneles Ecosol que tienen que estar un par de días prendidos la primera vez que se los enchufa y este ya llevaba como 90 horas).
Por algún motivo esto me emocionó, sentí que me reconectó conmigo, y tuve que abrir las cortinas inmediatamente. Aprecié el Sol majestuoso y no recuerdo bien si salí o no al balcón, tal vez sí pero no me habré quedado mucho supongo porque hacía frío. Sea como sea, me encontré a mi mismo en mi cuarto, horas antes de una entrega para la que no tenía nada resuelto, y lo que apenas había empezado necesitaba un milagro para llegar a convertirse en algo que mínimamente me permitiera aprobar. Y fue entonces cuando me di cuenta... que eso era cualquiera.
Convoqué a mi hermano Jonas y a mi amigo y compañero de experiencias espirituales Pinus en una charla de MSN para pedir consejo. Pregunté si tenían 10 minutos para dedicarme y tras su consentimiento empecé a relatar mi situación.
Mi situación... era además de lo que ya he contado, la carga de una promesa que me había hecho hace tres años, y los miedos que en ese tiempo se habían acumulado en mi. Yo empecé el CBC para Diseño de Imagen y Sonido (originalmente Industrial pero al cuatrimestre me cambié, aunque igual me comí Antropología, jajaja) en el 2006, año siguiente a mi egresión de la secundaria. Era lo que me parecía correcto en su momento, había que "aprovechar el tiempo". La vida pasa rápido y los estudios oficiales está bueno sacárselos de encima para poder trabajar cuanto antes de lo que a uno le gusta, y así poder seguir estudiando más cosas, o haciendo otras que uno disfrute, etc. Pero ese año pasó, y yo poco había logrado. Había dejado muchas materias y me faltaban la mitad más o menos, para fin de año. Durante ese verano tuve una crisis que me llevó a querer dejar la UBA ya en esa época, y el primer cuatrimestre del año 2007 no cursé nada. Mi idea era conseguir laburo pero eso no pasó, aunque sí empecé a estudiar astrología, y a mitad de año me encontré con que no había aprovechado el tiempo como hubiera querido, por lo que decidí volver y fue ahí en que me prometí... que terminaría el CBC aunque fuera lo último que haga.
Terminó el 2007... Empezó el 2008. Empecé a estudiar astrología en la Fundación CABA (antes lo hacía de forma particular con una astróloga en un grupo pequeño de tres personas). Empecé a trabajar ahora sí (curiosamente en un chatcenter que difamaba la astrología, lo cual no me dejó libre de más crisis internas y replanteos de valores). Y continué en el CBC. Parecía haberme activado, ahora sí, por primera vez en mi vida. Estaba haciendo muchas cosas. Pero no la estaba pasando bien, cursando durante mis francos, no teniendo días libres. Y me quedé libre (probablemente a propósito inconcientemente) en Proyectual 2. Continué con Dibujo (que es anual) y a mitad de año no quise volver a intentar dar Proyectual 2, decidí empezar acrobacia en la escuela de circo Redes, como para no solo estudiar sino también disfrutar algo que me gustaba.
Terminó el 2008. Yo había para entonces cursado cinco cuatrimestres de los seis disponibles para aprobar el CBC, tras los que, una vez acabados, uno tiene que dar las materias que no haya aprobado para ese entonces de forma libre (o por UBA XXI las que se pueden dar así). Ya habiéndome cambiado de laburo en el verano a un kiosco, no soportando más el chatcenter, decidí dejar esto también para esta vez... ASEGURARME que aprobaría Proyectual 2. Esta vez era bíblico. Era la última posibilidad. También me quedaba Soceidad & Estado, pero esta sí se podía dar por UBA XXI una vez pasados los seis cuatrimestres, así que decidí dejarla para la segunda mitad de año.
Empecé a cursar y la cátedra parecía fácil, prometía una éxito fácilmente asegurable, y la primera entrega... si bien fue medio dejada para el final, no fue enfrentada con muchas penas. Lo cual pareció malacostumbrarme, porque la segunda sí fue completada de pedo mal, ya que el día en cuestión, me encontraba afuera del aula, en unas mesas terminando y eran las 6 p.m. cuando la entrega era de 3 p.m. a 4 p.m. y el profesor me encontró ahí y me dijo que ya era tarde, que lo traiga la próxima. Yo sin poder reaccionar me quedé mirándolo y me dijo que bueno, que vaya al aula, que lo veía rápido. Fui, sin pensar siquiera en la vergüenza que me daba todo eso y en la poca cara que tenía. Y me saqué un "entre 5 y 6".
Una parte de mi se prometió, ya automáticamente, "es la última vez que lo hacés así, eh", como era la costumbre, pero otra parte de mi se empezaba a dar cuenta... que perdía el interés en estas vivencias.
Lo que antes me hacía sentir "poderoso", por así decirlo, es decir, el poder aprobar sin mucha dedicación, el zafar, ya no me interesaba. No quería demostrar mis capacidades de esa manera tan... deshonrosa. Pero no le di mucha bola a estas ideas que empezaban a aparecerme, yo me había hecho una promesa, yo terminaría el CBC aunque fuera lo último que haga.
De vuelta a mi pieza el Jueves en cuestión. Tercera entrega en pocas horas, y el Sol disparándome rayos de luz por mi ventana. Me di cuenta que... hace mucho no me sentaba a disfrutar del calor del Sol, de la inmensidad del Cielo, del misterio de la Luna, de la vitalidad del pasto y de la belleza de la Naturaleza. Me sentí... desviado del camino (que yo quiero recorrer, obviamente), por así decirlo.
Así que me encontraba chateando con mis dos hermanos y amigos y era evidente que yo ya había tomado una decisión, pero necesitaba de un otro para ayudarme a descifrarla. Tras un rato de tipeo me di cuenta que... ya no le tenía tanto miedo como creía a defraudarme. Si bien me asustaba un poco todavía, y es que, me sé una persona a la que le cuesta mucho perdonarse, y también soltar el pasado, me daba cuenta que ya no era tan terrible como lo hubiera sido antes (el romperme la promesa que me había hecho).
Tal vez eran las inmensas ganas de NO hacer lo que tenía que hacer lo que me hicieron sentir y razonar todo esto, jajaja, sea como sea, caí en la cuenta de que el tiempo había pasado... Yo ya no era el que había sido, el que se había prometido terminar el CBC. Y de hecho lo que fue en su momento un reto (terminar el CBC, que requería un disciplinamiento (no existe en la RAE la palabra, pero se entiende) que no tenía) se había transformado en estancamiento y la excusa perfecta para evadir el verdadero reto actual (buscar trabajo). Además Pinus me dijo "tenés la suerte de saber lo que querés hacer y lo que no, habiendo tanta gente en pelotas totales, yo por ejemplo xD, y te matás para cumplir una promesa de algo q ue no querés, no sé". Y tenía razón, había sido demasiado desperdicio de tiempo ya.
En ese momento me invadió una pequeña tristeza graciosa... Me daba como pena el que terminara así... Había imaginado desde siempre un final épico para todo este asunto. Una última corrida final, súper llena de nervios y angustias, que me hiciera temer lo peor para luego resultar en mi aprobación y finalización del CBC. Pero ya era solo... gracioso. Antes era algo que daba por hecho, IBA a ser así, era una certeza, ahora imaginar eso solo me resultaba gracioso y me daba ternura de lo bobo que puedo ser a veces, jajaja. Bobo por pensar que lo sé todo. Y es que bueno, la vida no se presenta siempre como uno imaginó, ¿nocierto?
Sea como sea, acertadamente me dijo alguno de los dos, que yo claramente ya había tomado mi decisión. Y era cierto. Agradecí, cerré la ventana. Llamé a mi madre al laburo, le conté todo lo vivido en la última hora, se conmocionó y se angustió un poco, pero me entendió y apoyó. Y luego al rato recibí un llamado de mi viejo, no sé para qué, pero lo aproveché para comunicarle esto brevemente y quedamos en vernos para hablarlo mejor, ya que por teléfono con él es difícil hablar. Ya en persona es difícil, así que imagínese uno por teléfono. Me eché a la cama un rato porque al fin y al cabo, había dormido solo tres horas. Y me despertó el portero eléctrico cuando llegó mi viejo. Fuimos al bar de la esquina a charlar y al rato estaba de vuelta en mi pieza, tranquilo, lo cual me indicaba que había tomado la decisión correcta, y con toda la vida por delante.
jueves, 26 de febrero de 2009
Claro... ¡era auto-humor lo que faltaba!
Desde hace unos meses, desde que la Novia del Olvido y yo terminamos nuestra relación, recordé algo que me había afectado ya una o dos veces en el pasado, cuando salí de otras relaciones. Era la falta de humor. No de diversión, porque mis amigos seguían y siguen ahí, en caso de que quisiera divertirme. Pero nada divierte realmente si no se tiene humor. Me costaba la risa; la interna. Por fuera todo es más fácil pero también menos valioso.
Y estaba, entonces, por fines del año pasado, aburriéndome de esto. Ya lo conocía y no me gustaba, pero no podía evitarlo. Y yo creo que todo cambia cuando uno realmente se cansa de lo que viene siendo, ¿pero tenía que aburrirme más todavía? ¿No había llegado a cansarme de la falta de risa suficientemente? Tal vez no, tal vez me faltaba otra cosa para conseguir lo que quería.
Fue el viernes, pues, un día de furia (y qué mejor manera de despertar que sacándose). Estaba yo en el kiosco y sabía que en algún momento de la mañana vendrían a motorizar la persiana que era hasta ese momento manual. Cuando llegaron, padre e hijo, cerré y me quedé adentro con ellos por el resto de mi jornada disfrutando de los fuegos artificiales (chispas cuando cortaban chapa, ¡adiós tímpanos! y luz incandescente cuando soldaban, ¡adiós retinas!). Esto no era lo más cómodo, y el polvo que se levantaba más el calor húmedo de mi querida Buenos Aires no ayudaba, pero traté de disfruta del show (y del hecho de que no iba a poder atender clientes en todo el día, aunque para mi sorpresa dos o tres valientes se asomaron en búsqueda de un yogur o unos cigarrillos).
A la salida ya tenía planeado ir a cerrar la cuenta bancaria que me habían abierto en mi anterior laburo. Los tipos estos terminaron justo para esa hora. Eran las 2 p.m. y mi relevo llegaba mientras ellos me explicaban cómo funcionaba la cosa. Se fueron, hice el cambio de caja (que me hace salir un poco más tarde siempre) y bajé la persiana para explicarle a mi compañera cómo funcionaba. Cuando traté de poner la puerta de escape no encajaba y noté que las franjas de chapa de la persiana estaban totalmente torcidas, algo debía estar flojo en el eje que no enrollaba parejamente. No sabía qué actitud tomar. No podía irme y dejarla en banda pero no quería quedarme mucho más. Y es que siempre me costó decir que no y poner límites, pero esto no era su culpa, son cosas que pasan (me decía a mi mismo mientras el diálogo interno de mi mente seguía y seguía). Llamó ella al dueño y este llamó a los tipos que aparentemente iban a volver según dijeron, por lo que yo era libre, pero (y he ahí lo que tanto me enojó conmigo mismo) no me fui al instante, di un par más de vueltas innecesarias y salí. Corrí una cuadra y noté que no había agregado la llave de la nueva puerta a mi llavero por lo que el Lunes no iba a poder entrar. Volví. Emprendí nuevamente mi carrera por la vereda mojada, esquivando gentes y demás obstáculos urbanos para llegar a la avenida Santa Fé. Estaba sobre Junín y tenía que tomarme el subte D para Congreso de Tucumán. Doblé en dirección a Callao (gran error ya que sobre Santa Fé el D tiene estación en Pueyrredón, que era para el otro lado. No en Callao, cuya estación está sobre Córdoba). En las siguientes cuadras decidí llamar a mi vieja solo para que me diga lo que no quería oír, quería preguntarle cuánto me llevaba el viaje realmente y si eran tan puntuales los bancarios y se iban a las 3 clavadas. Mientras sonaba el celular reconocí a la cercanía un pibe que suele pasar por el kiosco a pedirme algo para darle (y que al yo decir que no tengo nada realmente me pide un caramelo, y sí, se lo daba. Esto habrá ocurrido tres o cuatro veces, y yo laburo ahí hace un mes y tres semanas). Me sorprendió mi propia reacción cuando me adelanté y dije “No tengo nada” mientras seguía caminando. Solo llegué a escuchar un “No, amigo, no te quería pedir una mo-“, cuando, por si no me había quedado claro a mi mismo mi reacción, grité, esta vez, “’NO TENGO NADA!”, todo mientras seguía caminando. Todavía no caía en lo que acababa de ocurrir, y es que tratándose de mí, esa actitud es totalmente incoherente. Yo rara vez reacciono así con cualquiera y menos que menos maltrato a alguien de la calle (o mejor dicho, en la calle, ya que su procedencia no la conozco). Mi vieja me atendió y no me dejó terminar de decirle que quería preguntarle algo corto rápido que ya estaba diciendo “Te llamo yo, te llamo yo”. “¡ARGH! ¡ESTÁ BIEN!”, corté, “La puta madre”. Y recuerdo que si bien no lo entendía bien en el momento, empezaba a sentir una agradable sensación al escupir tanta ira innecesaria. Llegando a la esquina la atendí mientras caía en mi error: Todavía me faltaban cuatro cuadras para la estación de Callao. El diálogo que yo ya había imaginado tenía lugar para concluir con ella preguntándome si realmente iría, la verdad era que tenía toda esta semana para ir. Le dije que sí, que iba a ir al pedo, pero que iba a ir. Corté. Seguí corriendo. Llegaba a la plaza esa “de la Bond”, la de Rodriguez Peña, y ya no podía más. No sé por qué pero mi pierna derecha estaba que estallaba. Crucé y me di cuenta que… era cualquiera. Yo podía ir tranquilamente a hacer el trámite el Lunes y no había necesidad de ir al pedo, porque no había chances de que llegue ese día. Me causé gracia. No entendía por qué me había sacado tanto por algo tan pelotudo, y me causaba aún más gracia lo mal que me había movido en la última media hora de mi vida. De haberme manejado de otra manera ya estaría llegando al banco. Me causó gracia también qué tan rápido podía cambiar una decisión que tomara. O en realidad, lo poco convencido que estaba de lo que dije por teléfono. Qué haría ya era obvio, no iría. Así que me senté, transpirado, empolvado y dolorido en un banco mojado de la plaza, me saqué las zapatillas embarradas y me relajé. Creo que estuve como 15 minutos ahí. Estiré un poco la gamba y cuando lo creí pertinente, emprendí mi viaje a casa. Cuando llegué mi vieja me llamó para ver si había llegado. Me reí y le conté que apenas corté con ella me tiré a descansar abandonando mi supuesta empresa. Le conté rápidamente el resto de la anécdota y no podía evitar reírme, me causaba mucha gracia cómo me pude sacar por tan poco. Tal vez venía acumulando cosas de hace rato, tal vez no, no lo sé, lo que sí sabía, es que poco a poco obtenía lo que quería.
Y aprendí algo copado ese día: Si me río de mi mismo, nunca me van a faltar motivos para hacerlo, porque yo soy el único que me voy a acompañar toda la vida.
Después, otros detalles jugosos, podrían ser ciertas personas que estoy conociendo, situaciones en las que me estoy viendo involucrado o nuevas reacciones (risas) que estoy teniendo ante cosas que antes no me despertaban eso. Sea como sea, está decidido que esto quiero para mi presente, y si bien este no es el post más gracioso del mundo ya vendrán otros. Todo comienzo necesita una introducción, y yo ya lo estoy lamentando por el que lea esto, porque veo cómo disfruto de explayarme irresponsablemente por este medio, y vaya que lo seguiré haciendo, jajajaja.