lunes, 21 de junio de 2010
Cambio en las Condiciones de Servicio del blog Puniverso
domingo, 30 de mayo de 2010
Qué bonito fin del mundo
Bueno, acá empieza el flash (ponele, jajaja):
Alguien disponía de una especie de trineo volador (o tal vez era una suerte de trencito, pero no era muy grande y era de madera) y nos invitaba a subir para dar un paseo y tener una mejor vista del "espectáculo". La fiesta era en la ciudad por lo que no teníamos buen panorama desde donde estábamos. Subí junto a otros pero eramos demasiados o era poco diestro el conductor porque ascendimos unos pocos metros y el vehículo empezó a temblar y terminó por caer, volcando y obligando a cada uno a hacer uso de sus destrezas. Recuerdo haber caído dentro de todo bien porque no me hice daño y miré al cielo.
La luz era cada vez más nítida y se empezaba a poder distinguir dónde caería. No parecía ser muy lejos por lo que empecé a correr hacia allá. En ese momento, mientras corría por las calles de lo que podrían ser los alrededores de la Capital Federal, me invadió cierta tristeza. Hasta el momento no había tenido posibilidad de ponerme introspectivo por toda la euforia general (tanto por parte de los ansiosos creyentes esperanzados como de los escépticos desesperados y los equilibristas que bailaban en el medio de ambos bandos). Pero en ese momento de soledad me di cuenta que si bien tenía cierto miedo (porque aún no siendo seguro que el evento próximo implicaría muerte por supuesto que el que fuera una posibilidad me asustaba) era más tristeza lo que sentía, me daba pena lo que pudiera ocurrir, o tal vez me daba pena preguntarme si se pudiera haber evitado.
Sea como sea tenía curiosidad y no me iba a perder semejante acontecimiento. Mientras corría entendí qué estaba cayendo. No era un meteorito, era un pedazo de chatarra, parecía una locomotora o algo por el estilo. ¿Eso era todo? No podía ser... Este momento estaba señalado como definitivo. No podía ser un simple pedazo de chatarra espacial.
No pude llegar a destino antes de que viera al objeto metálico, oxidado y prendido fuego, atravesar el cielo sobre mi cabeza y caer a pocas cuadras de ahí. Oí el ruido del impacto y mis músculos se tensionaron aún más. Corrí para llegar y descubrir qué estaba pasando y entonces... me desperté.
sábado, 29 de mayo de 2010
ॐ
sábado, 8 de mayo de 2010
Abrazo
miércoles, 5 de mayo de 2010
Síndrome del astrólogo antiguo que entró en un vórtex temporal y viajó al futuro
jueves, 29 de abril de 2010
un Espejo de doble filo
lunes, 7 de diciembre de 2009
La aventura del viaje
El viaje a pie de regreso fue algo tedioso y el calor hacía que la pintura no del todo seca se pegue en mis manos y ropa. Cuando llegué a la puerta de mi edificio me sonó el celular, uno de mis jefes me anunciaba mi horario de entrada de ese día. Tenía tiempo para llegar temprano, pero eso hubiera sido demasiado drástico para mi, la ida contra la rutina debía ser más sutil (además no es fácil dejar de ser un pelotudo de la noche a la mañana), así que como es de esperarse... salí tarde y llegué aún más tarde.
A diferencia de cualquier otro día donde no hubiera importando mucho mi retraso (mejor dicho, donde no importa mucho mi retraso), ese día debía llegar a tiempo para recibir un envío de comida para una ceremonia del día siguiente. No recibirlo complicaba bastante las cosas ya que empezaba Shabbat y no solo los negocios kosher cierran sino que los religiosos no pueden usar teléfonos. Me tomé un taxi y en el viaje me encontré dialogando una vez más conmigo. Estoy acostumbrado a dialogar conmigo en esas situaciones, pero el tiempo pasa y uno se aburre del típico verso de "es la última vez", más aún cuando ha comprobado que no será así. No me prometía mentiras, me interesaba más saber cómo terminaría, era emocionantemente (y un poco sádicamente) intrigante. Llegué solo 5 minutos después de la hora en la que se suponía que el delivery-boy vendría, pero 35 tarde de mi hora de entrada. Esperé 10 o 15 minutos más y llamé a mi jefe. Le avisé que no había llegado aún el envío y mentí diciendo que llegué, si bien tarde, 5 minutos antes de la hora estipulada para la llegada del paquete. Me amenazó de muerte en caso de que hubiera llegado y yo no lo hubiera recibido y me dijo que espere que iba a tratar de averiguar si esto había sido así antes de que toda la colectividad se quedara incomunicada telefónicamente. Esperé.
Sentía cómo se había acelerado mi ritmo cardíaco y me sorprendía la sensación de no tener ni puta idea de cómo podría terminar ese episodio. Si bien no soy vidente ni nada, estudiar astrología lo acostumbra a uno a esperar menos sorpresas además de que siempre estuve muy satisfecho de mi intuición, pero en esta ocasión... era la incertidumbre misma. Sonó el teléfono y atendí totalmente entregado al Destino. Mi jefe me informó que todavía no había llegado puesto que se le había pinchado una goma de la moto y que estaría llegando en un rato, que lo espere y que la próxima no sea boludo de arriesgarme al pedo. Cuando corté... me sentía extraño. Me sentía afortunado pero sin entender por qué. No digo que no me sentía merecedor de esa suerte porque no soy quién para cuestionar al Destino, pero saberme afortunado era un privilegio con el que no hubiera contado en otra época de mi vida, y caía en la cuenta de cómo año tras año me volvía más consciente de esto. Me invadieron unas ganas incontenibles de comunicarlo, tenía que exteriorizarlo para distender la tensión recientemente generada. Mandé dos SMS's a mis presentes y futuros compañeros de viaje, Nicolás y Patricio, que decían ambos "I'm one lucky motherfucker" (el inglés simplemente se debió a una dramatización más de película, nada personal), pero no era suficiente, me di cuenta que no tenía la necesidad de contárselo a otro más que a mi, por lo que agregué mi propio número a mi libreta de contactos y me lo mandé. Fue gracioso recibir un mensaje de texto de "Puni", además de que decía lo justo y necesario.
A todo esto le siguió una jornada laboral aburrida como tantas otras, que terminó en algún momento, por suerte, y volví a mi casa. En ella cené, me bañé y me dispuse a salir para lo de Juancho, amigo de amigos, desconocido para mi hasta ese momento. Camino a la parada del colectivo pasé por la puerta del edificio de Nicolás, que vive a una cuadra de mi casa, y mientras me preguntaba si tocarle el timbre, justo en ese momento, me llegó un mensaje de texto... La Sincronía se empezaba a sentir en el aire indicando que se avecinaba una gran noche. Éste era de él y me preguntaba dónde estaba, sin cuestionarme las peripecias del Destino le contesté que en la puerta de su edificio y me dijo que no me vaya, que ahí bajaba. Él había asistido al concierto de rock de la banda AC/DC y estaba fulminado, por lo que rechazó mi invitación a unírseme en mi cruzada. Charlamos unos minutos y seguí mi camino. El colectivo no venía y la idea de hacerla completa y entregarme al capitalismo por una noche crecía en mi. Delante mio dos hombres y una mujer intentaban parar taxis ocupados lo que me causaba gracia y hacía que me pregunte si no se daban cuenta que no tenían el cartelito de "libre" prendido o qué... Por fin apareció uno que sí lo estaba y paró, detrás se asomó otro y decidí copiarlos. Lo paré y me lo tomé. Durante el viaje se me ocurrió, ya que La Sincronía había empezado a funcionar (o mejor dicho, yo empezaba a ser más consciente de ella puesto que ella siempre funciona), que "la charla (en caso de que se diera una) con el tachero determinaría el resto de mi noche", no me parecía tan descabellado puesto que así empezaba la misma y los comienzos dicen mucho, si bien no todo. No sé cómo, pero empezó la charla, y el tipo parecía copado. No recuerdo de qué trivialidades empezamos a hablar pero en un momento me comentó, tal vez porque volvió a ocurrir, que hay un montón de gente que levanta la mano para pararte cuando estás ocupado, él que está de ese lado del volante es testigo. Me reí porque acababa de verlo antes de subir al vehículo. Se lo conté y le pregunté por códigos que pudieran existir entre tacheros. Me empezó a dar una breve y divertida lección la cual terminó con anécdotas del Viejo, un tachero de antaño conocido en el ambiente, que ataca con su rulero+globo a los taxis que le roban pasajeros disparándole bolitas de rulemanes a las luces traseras de esos autos.
Llegué a destino y nos saludamos satisfechos por un buen viaje. Mi humor era óptimo para la aventura por lo que me apresuré a llamar a la puerta. Me recibió La Goina, señor del día (ya que ese día era su conjunción Sol-Sol), me adentré en la guarida y me encontré con el Maestro Burbujero quien me convidó una de esas píldoras de Alicia sobre las que el Aeroplano de Jefferson ha cantado alguna vez y me supe, ahora sí traspasado el punto de no retorno, al comienzo de un viaje inolvidable.
No tardó mucho el mundo como lo conocemos en convertirse en una dimensión que prometía emoción aventurera y revelación filosófica por donde se la mirase, para quien quisiera aprovecharla. Pero el ambiente no me resultaba del todo propicio para esto, si bien estaba colmado de risas y gracia, también era bombardeado con música, charlas y demasiados estímulos estériles para mi gusto. En un rincón se gestaba La Masa (que es una entidad muy conocida por todos; si bien conformada por lo que alguna vez fueron individuos, es lo que queda al perderse esa individualidad). Esta Masa empezaba a hacer lo que toda Masa hace, buscar un motivo para bardear. El Maestro Burbujero los distrajo con anécdotas del lejano y salvaje Oeste hasta que yo propuse una huída disfrazada de búsqueda de proviciones. Me siguieron si dudarlo mis fieles compañeros psiconautas, La Goina, El Maestro Burbujero y El Sr. M. Una vez abajo en la selva de concreto llegamos a la proveeduría comercial y empezó el teatro. Tratando de no sucumbir ante La Vergüenza (misión casi imposible para mis compañeros más especializados en la psiconáutica pero todavía una debilidad para mi persona) intentamos apresurar el intercambio mientras yo me reía por dentro porque me daba cuenta claramente de que El Dueño entendía perfectamente que no estaba concretando transacciones con personas en su dimensión, lo cual tampoco hubiera de sorprenderme tanto puesto que un kiosquero nocturno es algo así como un Enlazador de Mundos (y de hecho este razonamiento me calmaba). Con nuestros bolsillos llenos y nuestras billeteras vacías volvimos al edificio terrible pero yo no estaba listo para volver ahí, así que propuse una pausa para empezar a consumir algunos de los brebajes y gomitas de azúcar que habíamos comprado.
martes, 27 de octubre de 2009
Encuentro casual con doble de escritor
viernes, 23 de octubre de 2009
Deal with the Devil
domingo, 4 de octubre de 2009
Lifestyles
Ayer tenía ganas de escribir una cosa, pero no tenía una conclusión más elaborada que "Eso." (me había imaginado escribiendo eso al final de la entrada y todo), y como no terminaba de cerrarme entre eso y demás cuelgues, no lo hice y me fui a dormir temprano.
Soñé.
En mi sueño pasaba por un par de situaciones, no muy dramáticas, aunque en una de esas me tenía que operar de varicocele por 4ta vez según me decía un médico, pero creo que al final me terminaba yendo del sector hospital (digo sector porque vieron que el escenario en un sueño se va transformando, entonces no hay un hospital entero sino un sector hospital, como un sector Shopping, un sector calles, un sector micocina, todo dentro del mismo escenario onírico) porque me daba cuenta que... era un sueño, y en la realidad no me tengo que operar; hace poco me hice un chequeo y salió todo bien por suerte.
Sea como sea, era una pequeña aventura, un viajecito. Y venía necesitando viajar un poco se ve. Terminaba en mi cocina con Madre y Hermano, quien se preparaba para iniciar otro viaje por el mundo, empezando por Europa. Le preguntaba en qué país empezaría su travesía y me contestaba Itialia. Y justo cuando estaba por salir de la cocina me invadía una sensación que me hacía llorar, no la podía contener por lo que me dejaba caer medio arrodillado, medio sentado, en el suelo, junto a la puerta, y mis ojos se inundaban. No me sentía mal, por el contrario. Familia me preguntaba qué me pasaba y yo les decía que me había imaginado yendo a Italia y sentándome en un restaurante de barrio a comer un plato de pastas, y me había emocionado. La simpleza del hecho y a la vez la posibilidad de viajar y conocer una tierra tan distante me habían emocionado al punto de quebrarme. Me desperté bastante sorprendido.
Noté la coherencia de mi sueño con lo que venía y vengo pensando últimamente. Y es que al trabajar en la calle, en Palermo, uno ve contrastes bastante extremos. Y no recuerdo si fue así siempre, pero sí soy consciente que desde hace un rato largo ya, me viene llamando mucho la atención la basta variedad de estilos de vida que tenemos los millones de humanos que somos, y me despierta ganas de recorrer el mundo para conocer los más que pueda.
Por ejemplo, he conocido personas en mi trabajo que suelen pasar el fin de semana (uno común, no uno largo) en Miami; personas que laburan más de 12 horas por día, todos los días, para mantenerse; y anteayer, al cartonero que suele pasar a la noche por la zona. Que al arribar la rica esquina (y es que suelen haber montañas de bolsas y cartones apilados ahí) se sentó en un escalón, aparentemente esperando algo. Me acerqué y charlamos un cacho. Me contó que hace tres viajes diarios, de entre 2 y 3 horas cada uno. También que está esperando para poder sacar la licencia de conductor de camiones, espera que el día de mañana pueda laburar de camionero y le vaya un poco mejor.
A todo esto podría sumarle que empecé a ver la serie de televisión Weeds, que recomiendo, y trata de una blanca que vive en una suerte de barrio privado y vende marihuana que le compra a unos negros de los suburbios, como para reforzar los contrastes, jajaja.
Y a mi me sigue “limando” mucho imaginar una vida donde puedo decidir ahora mismo tomarme un avión dentro de unas horas para ir a algún recóndito lugar de este planeta, y más me lima preguntarme si el que nació en una situación totalmente distante de esas posibilidades puede siquiera imaginarlo.
Entre tantas sensaciones de sorpresa y anhelo, me encuentro escribiendo esto, sin saber bien a qué pretendo llegar. Aunque sí sé que me encantaría llegar a tener un laburo el día de mañana que me permita recorrer el mundo, no hay dudas sobre esto.
Y mientras escribía me tomé una pausa para desayunar, con Madre que se levantó hace poco también, a quien le conté mi sueño y me dijo "tal vez te conmocionó el imaginar esa sencilla situación italiana porque en alguna vida pasada viviste ahí y solías disfrutar de esa rutina".
"No se me había ocurrido... Puede ser...", le contesté, mientras pensaba "creo que acabo de encontrar la conclusión para mi entrada del blog".
Eso.